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La secta conga de los Matiabos – 3º Parte

Por matiabos o matiaberos se entendían ciertos cimarro­nes apalencados y belicosos, que durante aquella larga gue­rra de independencia cubana estuvieron muy en contacto con las fuerzas mambisas, en Oriente, a veces a su lado partici­pando en la contienda, pero produciendo en ocasiones trope­lías y desórdenes. En nuestro libro Los Negros Brujos, de 1906, escribimos: “En un artículo publicado por F. López Leiva en La Discusión, de la Habana, el 13 de agosto de 1903, se refiere por un testigo ocular el siguiente curioso caso de adivinación en un palenque: “A poco tropecé con una partida de negros desarmados y medio desnudos. Me dijeron que eran cubanos y me condujeron al campamento de su jefe. Yo había oído hablar algo de los matiabos y sabía que éstos eran unos cimarrones que vivían ocultos en los montes, huyendo, guardándose tanto de los cubanos como de los españoles, siendo mitad brujos y mitad plateados o sean bandoleros que alegando ser afiliados a uno de los ejércitos beligerantes cometían toda clase de delitos.

El campamento de los matiabos estaba situado monte adentro en un claro como de dos vesanas de tierra. En el centro había una espe­cie de altar hecho con ramas y cujes, y encima de todo aquel catafalco habían puesto un pellejo de chivo, relleno de tal suerte que parecía vivo. Dentro de la barriga y sobre el altar tenía mil porquerías, tales como espuelas de gallo, tarros de res, caracoles y rosarios de semillas. Aquel pellejo era el, Matiabo, el dios protector del campamento (. . .). Recuerdo todavía —dice el mambí Cástulo Martínez— el modo de ex­plorar la tropa que tenían los brujos aquellos. Puestos en rueda alrededor del chivo, cantaban el taita: Buca guango, 1 joya guango … y el coro repetía: cacara, cácara, caminan­do … y empezaban a gritar y saltar como endiablados. De pronto a una de las negras, porque también había mujeres, se le subía el santo y le daba una sirimba. Caía al suelo revolcándose, echando espuma por la boca, y el resto del palenque seguía cantando como si tal cosa. Luego taita Am­brosio se dirigía a la accidentada y le preguntaba tocándole la cabeza: Ma fulana, ¿dónde etá la tropa? Joropa ma ceca, en tal punto, respondía ella, sin dejar sus revolcones. Y el punto señalado estaba siempre a diez o doce leguas de dis­tancia. Los matiaberos repetían el nombre del lugar y ar­maban el escándalo padre con sus gritos y los toques de tambores, forrados con piel de jutía. “Yo miraba todo aque­llo con curiosidad y temor, porque sabía que aquellas gentes en algunas ocasiones habían rociado el chivo con sangre hu­mana.”

El célebre escritor mambí Ramón Roa, con su pluma clara, verista e incisiva, ya con anterioridad había referido en síntesis quiénes eran los matiabos. “Ofrecimos al briga­dier nuestros servicios, los cuales, con mil amores fueron aceptados, para honrar nuestra visita, agregándosenos con­secuentemente al estado mayor de aquella flamante brigada compuesta, cuanto a infantería, de refunfuñadores matiabos, ,tecla endiablada y misteriosa de hombres ignorantes y ultra- ir.¡osos los que en aquellos tiempos eran cazados a viva íiirr/.a para traerlos a prestar servicios a la república, ya que de míseros esclavos habían pasado a ser ciudadanos libres. Eran los matiabos dados a su cantinela de “Cubilé, cubilé, cubilín nganga, cubilé”, más que a montar guardias y a pelear; y llegaron a convertirse en una plaga tan funesta y peligrosa que necesario fue tiempo adelante averiguar quiénes eran sus cabecillas, dando lugar a un proceso suma- rísimo, a consecuencia del cual fue pasado por las armas, no obstante sus aparatosos exorcismos e invocaciones a sus es­trafalarios ídolos, el entonces nombrado Tata Ezequiel, que fue entre ellos gran profeta, poderoso sultán y sacerdote, con su sacramental serrallo, construido de guano y cujes, a ca- ^ hállete de yaguas, el cual, gracias a su arquitectura, estaba bien resguardado de profanaciones visuales, mientras que el sistema bien aplicado de vara en tierra ponía a raya a roe­dores y mosquitos”.

He aquí ahora un episodio de la estrategia de los matia­bos: “Con mil y una precauciones, fruto sazonado de culti­vada desconfianza, partimos del vivaque del amable briga­dier Acosta, con la que llamaremos escolta de seis de los matiabos, uno de ellos como práctico, quien, lo mismo que sus compañeros, obtuvo licencia para descansar de la beli­cosa faena de la víspera. Próxima estaba ya la línea férrea, y en llegando, practicamos por ambos flancos un escrupuloso reconocimiento, mientras los matiabos, haciéndose a un lado, se constituyeron formalmente en cúmbila para consultar al bilongo, si nos esperaba algún desaguisado; mas presto, ellos mismos a su conjuro contestaron que no había novedad, au­gurio seguido de su sacramental cantinela del cubila nganga cubilé, precursora de un oportuno sahumerio de humedecida y amasada pólvora. Un triunfo magistral de los matiabos fue rebasar tranquilamente aquel obstáculo, ya que a su alre­dedor, según una genuina frase rústica, “hasta la sabana misma se encogió el resuello”, a juzgar por el silencio que los parlantes caos y cateyes respetaron en aquellos supremos, momentos; por lo cual, una vez que del otro lado vímonos ilesos, si no besamos la tierra, ni de hinojos nos pusimos en an ión de gracias al Altísimo, fue porque no estábamos para perder el tiempo en ceremonias”. Añade luego Ramón Roa: “La asociación atávica de los matiabos quedó disuelta de una vez, mediante la extrema justicia mandada ejecutar pol­los consejos de guerra, o por la rápida acción de los encar- i gados de perseguir a aquellos sectarios.”

Tenemos otro documento de aquella época. La Ilustra­ción Española y Americana, de Madrid, publicó en su primera plana el 15 de agosto de 1875 un grabado titulado: “ídolo matiabo, cogido a una partida de rebeldes en el Zuramaquacam y destinado a guardar cenizas de los españoles quemados por los insurrectos.”

Por matiabo se conocía también cierto ídolo que usaban los negros congos en las reconditeces de sus palenques, a modo de selváticas aldehuelas africanas donde ellos vivían con sus costumbres y religiones. En Cuba se aplicó asimismo la voz matiabo a ciertos brujos o “brujeros” que hoy más propiamente decimos tata nganga, con vocablos congos, o nganguleros, con la raíz bantú nganga (“brujo o brujería”) castellanizada por una desinencia profesional (“los que se dedican a nganga o hechicería”).

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