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La secta conga de los Matiabos – Final

La palabra matiabo es también mulata, formada por el prefijo bantú del género personal singular ma y la voz tiabo, que no es sino la castellana diablo, o su equivalente portu­guesa, deformada por el cambio de la de por la te. Esa pa­labra mixta fue y es frecuente en las regiones del Congo de donde venían los esclavos y éstos trataban de expresar con ella el diablo, como les decían los misioneros portugueses a los brujos que tenían pactos con el demonio o trabajaban a favor de éste. Según Heli Chatelain, en su libro Folk-tales of Angola, la voz madiabu, o sea ma más diabu, es en An­gola y Congo corrupción de la portuguesa diabo, o sea “dia­blo”, y la aplican a cosas de magia, superstición y blasfe­mos insultos. En Loanda dicen también mariabu a las “es­trellas fugaces”, que estiman espíritus inflamados. De ahí salió también el cubanismo criollo Matiabera que, según Manuel I. Mesa Rodríguez, es nombre que le dan en sentido literal a una persona vieja que se dedica a prácticas hechiceras. Así se oye decir “La salá Matiabera esa no pone los pies aquí que no traiga alguna salasión’.

La grotesca figura publicada en la citada revista española, como esa otra también muy rústica que reproducimos para comparación, son típicamente de origen bantú. No son propiamente ídolos ni objetos de adoración o latría; no son si no personificaciones antropomorfas de los espíritus que en esas imágenes son retenidos por los tata nganga; como hacían los necromantes de la Edad Media cuando encerraban un diablillo familiar en una redoma para servirse de él en sus nigromancias. Algo parecido a ciertas imágenes católicas esculpidas que contienen en el interior de su pecho alguna santa reliquia de la cual esperan favores sobrenaturales. Los congós les llaman ndoki o nkisi y todavía esos muñecos se emplean en Cuba con los mismos nombres. En esa cavidad, lidiada en el cuerpo del ndoki, el brujo inserta pelos y hue­sos, preferentemente de una calavera tomada de un cadáver o nfwá recién inhumado, porque “estando el muerto fresquecito” todavía su espíritu no se ha separado del cráneo y el necromante lo puede encerrar, con otras sustancias mági­cas, en el habitáculo de la estatuilla y hacerlo trabajar a sus órdenes como un nkisi.

El título que lleva el grabado de la citada revista madri­leña es sin duda tendencioso, propio para excitar los ánimos en guerra; pero pudo partir de la errónea interpretación de un hecho cierto. Ni los brujeros ni los matiabos encerraban “cenizas” propiamente dichas en el vientre de sus idolejos, pues jamás quemaban los muertos; pero sí en el sentido figurado de “reliquias de un cadáver”. Y al hacerlo procuraban que los despojos mortales fuesen de un difunto de superior reputación por su saber, fuerza o valentía (como médico, atle­ta, asesino, militar) y mejor aún si aquellos restos eran de un enemigo; por lo cual nada tiene de inverosímil que los feticheros matiabos, como los bantú, se apoderaran del cadáver de algún soldado o jefe español caído en combate y le sa­caran trozos del cráneo para embutirlos en sus macabros fe­tiches.

Los pequeños cuernos o tarritos que se observan en los 1 grabados son ejemplares de mpaka, o sean los aparatos de necromancia que usan los brujeros para “ver” o “mirar”. Los pequeños cuernos son “cargados” de potentes sustancias mágicas y su abertura está tapada con un espejito en el cual, el vidente “ve” o “mira” así el futuro como el presente, que están ocultos para los demás. Con el mpaka se ve más allá del horizonte y se adivina el porvenir. Los brujos tienen muchas otras maneras de “ver” o adivinar; pero el mpaka es j típicamente Congo y su eficacia depende de su ndoki o com­posición mágica y de la fuerza y sabiduría del nganga.

También la “vista” sobrenatural la logran los brujos congós por medio de iniciados posesos y en convulsiones, los cuales hablan cosas de ultranza, como ocurre con los energúmenos- A menos o poseídos por el demonio, según los cristianos, o con los médiums, según los espiritistas. En este caso los brujos congós les dicen teke y de esa voz proceden los cubanismos o vocablos afrocubanos terequeté y guateque, y el sonsonecillo del teque-teque zarambeque, que fue baile popular en la España del Siglo de Oro, donde también abundaron los tata f nganga del Congo. A las convulsiones del poseso los congós asimismo les dicen nsimba, de cuya palabra bantú nació la ‘ criolla sirimba, citada por Roa, y que los actuales cubanos, que hablan español y juegan palo como sus negros abuelos, suelen derivar de la castellana cimbra, olvidando la verda­dera raíz, de africano abolengo, y creando una falsa etimo­logía española.

El pellejo de chivo relleno de los matiabos, a que alude López Leiva, no es sino una manera que tenían los ngangas de envolver la mbumba o “secreto”, que en Cuba dicen ahora bomba o prenda, donde se encerraba el nkisi con sus palos y demás accesorios mágicos, así como hoy se depo­sitan generalmente en una calderete de hierro o en una ca­zuela y a veces en un güiro, jicara o totuma, o en simple envoltorio o makuto de lona o de piel. Las voces bilongo y i cúmbila son de uso frecuente en Cuba, pero empleadas erróneamente en el relato de Roa. Ni bilongo es un ídolo, ni cúnibila una reunión o rueda de iniciados; pero inultas palabras son indudablemente congas.

El “sahumerio de pólvora” que hacían los matiabos, según Moa, no es sino el rito de quemar sendos regueros o montoncillos de pólvora (o’nfula) que aún practican en Cuba los ñáñigos para sus conjuros mágicos y los congós, además, puní sus adivinaciones. Sobre un trazo de yeso rayado en el suelo se colocan sendas pilitas de pólvora y se prende fuego y una de ellas; si se quema una sola, varias de ellas o todas, así será el augurio o respuesta del nkisi consultado.

Los cantos o estribillos de los matiabos, citados uno por Leiva y otro por Roa, son expresiones reiterativas proferidos por los cofrades para que el nganga o fetichero y el verdadero matiabo, el diablo o el nkisi, trabaja­ra n y averiguaran lo que aquéllos les pedían para su estra­tegia militar. Él conjuro Buca guango, joya guango se com­pone de los vocablos congós siguientes: buka (“ejecutar cier­tos ritos mágicos”), joya (“caer en éctasis, convulsiones, cantar y decir lo que se ha visto por medio del nkisi”) y nganga (“sacerdote, hechicero, curandero, sabio”). La otra frase bilingüe ¡Cacara, cacara, caminando! viene de la voz conga kákala (“despáchese, actúe rápidamente”) o de ka- líiilá (“cadáver”), excitando a que el muerto o nkisi camine o responda. El otro conjuro, que dice Cubilé, cubilé, cubilin- ganga, procede de los vocablos congós ku-bilá o kibila – é, en el que se apremia al nganga a que “hable o grite, anun­ciando, pregonando o prediciendo”.

Como se advierte, esas ceremonias mágicas de los ma­tiabos formaban parte de sus procedimientos de exploración o espionaje, que hoy se dirían “servicio de inteligencia de un estado mayor”. Sin duda que aquella secta de guerreros bozales también usarían contra sus enemigos españoles, y definitivamente contra los cubanos, otros recursos de su bélica mágica: bilongos malignos, makutos cargados, ndokis terribles y polvos letales, amén de maldiciones espantosas; pero las crónicas nada nos dicen y nosotros nada más podemos decir.

Todos estos antecedentes demuestran acabaladamente que los matiabos eran unos brujos o secta de brujos bantúes, congós o acaso más precisamente de Angola. Esta tendencia de los esclavos de Angola a la rebeldía en América la confirma el folklorista Edison Carneiro, en Brasil, señalando que “el negro de Angola, principalmente, era el revoltado o malandro, el hacedor de desórdenes. A estos negros debemos el palenque de Palmares, los varios quilombos que existie­ron en el país y los motines y levantamientos de esclavos”.

Por esas manifestaciones de magia, indisciplina y mali­ciosa conducta, los matiabos fueron considerados como una secta conga. De “secta endiablada y misteriosa” la calificó Roa. Seguramente lo fue, como una fraternidad o sociedad secreta de sujetos juramentados para fines defensivos y agre­sivos y efectuar sus ritos y embrujos. Las sectas congas en Cuba han sido y son múltiples y los matiaberos debieron de organizarse como solían hacer los tata nganga en sus tierras de origen y todavía en la misma Habana y sus comarcas marginales. Y allá en los montes y palenques, alejados de los centros urbanos, aun desajustados con la popular cultura ambiental de Cuba y en una época de dura esclavitud, dura guerra y dura vida, cayeron fácilmente en la rebeldía, la cual, aun en sus discordancias, para ellos era humanamente heroica y para los demás fue salvajemente criminosa. El caso no es excepcional en la historia. Toda guerra o revolu­ción se acompaña de atropellos y delitos graves y a veces de atrocidades bestiales; como se ha visto siempre, hasta en las contiendas de este siglo entre las naciones más civilizadas, que han calificado de ex-cristianas. No, no podemos ni abominar ni compadecernos de aquellos esclavos bozales sin antes tener bochorno y piedad de nosotros mismos.

Añadamos que no fue la de aquellos incultos bozales la ‘única sociedad secreta surgida con propósitos disociadores en aquella guerra diezañeja de los cubanos por su libertad. Ramón Roa se refiere a que también entre los mambises, “en la fuerza de las Villas se había fundado una sociedad secreta intitulada La Bella Unión, la cual tenía por objeto, según lo expresaba una especie de manifiesto manuscrito, defender los derechos de los soldados, protestando de todo abuso, y decía aquella sociedad algo así como una pandilla defensora de la flemocracia dentro del poder constituido”. Esta sociedad no pudo prosperar porque él jefe de la fuerza liber­tadora “llamó a los autores de aquella locura, y con su habi­tual energía, deducida de lógicos razonamientos, logró, por entonces al menos, que se disolviera la tal asociación”. Todos los pueblos y épocas, en guerras y revoluciones, han tenido mis matiabos. No hay que olvidar esta lección.

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